Acompáñenme a escalar la isla de Taquile en el Lago Titicaca y a perderme por la isla……

 

Capítulo 6

Las vistas extraordinarias  desde la isla de Taquile, una comida diferente, y que me pierdo de regreso …

 

La visita a las islas de los Uros nos dejó un sabor de boca extraordinario. 

 

 

Ahora nos tocaba visitar la isla de Taquile. 

Tomamos la embarcación y tardamos alrededor de 50 minutos en llegar a la isla.

 

El agua totalmente transparente del Lago Titicaca me sorprendió y di gracias a Dios en mi pensamiento, de que aun existan lugares en nuestro planeta sin contaminación y de una belleza que te dejan extasiado.

 

Esta zona del planeta está protegida y aunque las cadenas  internacionales de hoteles han tratado de entrar, la isla pertenece a grupos étnicos que han seguido tradiciones de vida milenarias y que han impedido, a toda costa, la entrada de la modernidad.

Por lo mismo, no hay electricidad, carreteras, drenajes y todo lo que nosotros estamos a acostumbrados a ver como parte normal de nuestras vidas.

Las personas visten sus trajes típicos, construyen sus casitas de adobe, pastorean a sus ovejas y cultivan sus alimentos como lo hacían sus ancestros hace cientos de años. 

 

El guía nos explicó que desembarcaríamos e iniciaríamos una caminata de alrededor de una hora y media hasta llegar a la cima, que ahí nos recibiría un grupo de familias locales que nos ofrecerían una comida cocinada por ellos y  nos enseñarían sus técnicas de tejido y sus bailes locales,  para después de la comida iniciar el descenso  y el barquito nos recogería en otro embarcadero.

 

Nos pidió que si deseábamos tomarle fotografías a los locales, lo hiciéramos con su consentimiento, ya que la gente mayor pensaba que al fotografiarlos, “les roban parte de su alma”.

 

También nos aclaró el guía que si alguien en el grupo no tenía la condición física para escalar, se quedara en la embarcación y que le traerían su comida.

 

Todos los pasajeros nos bajamos del barco. Eramos como 15. Los mismos que venían con nosotros desde las islas de los Uros.

 

Tan pronto nos bajamos, le pedí a una mujer  de origen chino que viajaba sola, si nos podía tomar una foto  en el embarcadero.

Muy amable y dispuesta me dijo inmediatamente que sí e iniciamos una conversación.

No hablaba español, así que hablamos todo el tiempo en inglés. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Pei Inn y que era originaria de Singapur.

 

En mis años de jovencita, tuve la oportunidad de visitar junto con mis papás y hermanos este bellísimo país, así que le comenté que yo ya había estado en Singapur y  que me fascinaría volver. Quedó muy sorprendida e inmediatamente me ofreció su casa para visitarla cuando volviera a viajar a su país. Yo también le ofrecí mi casa, si más adelante decide conocer la Ciudad de México.

 

Pei Inn es super platicadora, igual que yo y entendí perfectamente que llevaba  días viajando sola y sin compartir sus pensamientos y emociones y que tenía muchas ganas de hablar y de platicarle a alguien todas sus experiencias de viaje, así que hablamos y hablamos durante todo el trayecto de subida. 

De verdad, no nos paró la boca durante hora y media. Andrés sólo nos observaba con cara de total asombro.

 

Me contó que es maestra de chicos de secundaria, que es soltera, que ama viajar, que tiene una hermana en Canada y otra en Singapur. Ambas casadas. Que su mamá enviudó hace poco y vive cerca de ella. Que estudió su carrera universitaria en Canberra, Australia y muchas, muchas cosas más.

 

La subida fue pesada y nuevamente se sentía un poco la falta de oxígeno. El guía nos ofreció hojas de coca para irlas masticando e iba arrancando algunas ramitas de plantas que encontraba en el camino y nos decía que las oliéramos para obtener más oxígeno.

Durante el trayecto de subida, íbamos haciendo paradas para tomar fotografías de las espectaculares vistas panorámicas  y para comprar algunas artesanías a las mujeres locales que ofrecían pulseras tejidas, muñequitas y otras curiosidades. 

Me tomé foto con varias de ellas, después de pedirles permiso. Todas las personas muy lindas, muy amables y con un espíritu muy puro.

 

El día estaba esplendoroso con un cielo azul despejado y el lago, desde las alturas parecía tener varios tonos de azul y una total transparencia. De verdad increíblemente hermoso.

 

Después de una caminata de subida bastante intensa hasta la cima, llegamos a una terraza en la que estaba montado un tablón y bancas de madera corridas.

Nos fuimos sentando conforme íbamos llegando y, aunque veníamos en el tour juntos, realmente no habíamos tenido la oportunidad de conversar con la mayoría, así que este fue el momento para conocer a algunas personas.

El grupo estaba integrado por personas de muy diversas nacionalidades. Recuerdo a una mujer joven Polaca, a mi amiga Pei Inn de Singapur, una pareja de Canadá, otra pareja Australiana, otra Pareja Argentina y algunos otros que no supe de dónde venían.

 

Las familias locales empezaron por presentarse y llevarnos a la mesa varias ollas de barro con una sopa de quínua y verduras. Yo me ofrecí a servirles a los que estaban a mi alrededor y empezamos a comer. El siguiente platillo fue a base de una trucha asada, arroz y papas y para los vegetarianos, omelette y verduras o verduras y arroz.

 

Mientras comíamos, las familias nos mostraron sus técnicas de tejido, hicieron un baile local y nos explicaron los significados de sus vestuarios.

 

Llegó la hora de despedirnos para iniciar nuestro regreso al barquito que nos llevaría a Puno. El guía claramente nos dijo que nos mantuviéramos en grupo para bajar juntos y no perdernos por la isla….

 

Cuando acabamos de comer, Andrés me comentó que se “sentía mal”. Le pregunté qué sentía y me dijo que un malestar general que no podía explicarme y que se sentía cansado. Me quedé un poco preocupada, pensando que quizás algo de la comida no le había caído bien.

Empezamos nuestro descenso, siguiendo al grupo. A los 5 minutos de haber dejado la casa, Andrés se dio cuenta que había olvidado sus lentes obscuros sobre la mesa, así que nos regresamos. Yo veía que Andrés hacía un enorme esfuerzo por seguirme, así que le dije que me esperara que yo iría rápido y me regresaría. Así  fue. Regresé a la casa, pregunté por los lentes, me los dieron y alcancé a mi hijo y seguimos caminando. Atrás de nosotros todavía venían más personas del grupo a paso lento. 

Después de caminar como 10 ó 15 minutos más, alcanzamos a Pei Inn quien se paró en un lugar con vistas magníficas y me dijo, “Carolina, aquí debes de sacar una foto porque realmente es divino el paisaje”. Coincidí con ella al instante. El azul del lago era bellísimo y desde ese lugar, la vista parecía como de postal.

Busqué mi celular en mi bolsa para sacar la foto y casi me muero cuando no lo encontré.

Pensé en todas las fotos de mi viaje y simplemente no lo podía perder. Hice memoria y el último lugar en donde había sacado fotos había sido durante la comida. 

No lo podía creer! Ahora tenía que regresar lo más rápido que pudiera, de subida y recién comida a la casa en donde habíamos tomado el lunch para ver si habían encontrado mi celular.

Vi a Andrés cansado y medio pálido y le dije que siguiera bajando junto con el resto del grupo y que yo lo alcanzaría en el barco. Quería acompañarme pero no podía, no se sentía bien, así que aceptó mi propuesta.

 

Subí lo más rápido que pude hasta que al final del grupo encontré al guía quien venía asegurándose que nadie se atrasara ni se perdiera. Le dije lo de mi celular y el hombre, cual puma, emprendió una carrera para ver si encontraba mi teléfono. Yo lo seguía a la distancia porque aunque tengo bastante buena condición física, correr de subida a 4000 metros de altura después de comer, simplemente no es lo mío!

 

El guía regresó corriendo con mi celular en la mano, me lo entregó y siguió corriendo de bajada. Me dijo “señora, por favor apúrese y corra”, pero de verdad, por más esfuerzo que hacía, casi trotando, de bajada, no pude alcanzarlo y de repente lo perdí totalmente de vista.

 

Venía yo por un camino de bajada y sin opciones para irse por otro lado. Bueno, eso creía yo. 

De repente, llegué a una especie de plaza central y encontré gente local a quienes les pregunté cuál era el camino para el barco y me dijeron que a la derecha. Pues me fui por el camino de la derecha. No veía yo a ningún turista. He de haber caminado como por 15 minutos en este camino. Iba yo encontrando a gente local lavando ropa en un río, otros viéndome pasar y me saludaban, hasta que a lo lejos vi a una pareja joven brasileña con un mapa  y se me acercaron inmediatamente para preguntarme si este era el camino para el barco y que en qué embarcadero estaba estacionado mi barco. 

Abrieron el mapa y casi me muero, cuando vi que había como 4 embarcaderos  y yo no tenía ni idea en cuál estaba el barco de mi tour. 

 

En ese momento me empecé a preocupar de estar realmente perdida y empecé a pensar qué hacer en caso de que me dejara el barco…..

Ya me veía yo “pidiendo posada” a alguna familia local y viendo cómo regresarme hasta el día siguiente que llegaban nuevos barcos desde Puno.

 

De repente y, como salido de la nada, escuché a lo lejos el grito de un señor que no alcanzaba a ver con mis ojos. Sólo escuchaba su voz y me decía “señora, regrese, es por aquí”. Di media vuelta y empecé a caminar de regreso por donde venía. Muy a lo lejos ví a mi guía haciendo señas y diciéndome nuevamente que “corriera” o que me dejarían.

 

Me alcanzó y “me regañó” por perderme y de verdad, esperaba que corriera como él. 

Le aclaré que me había perdido porque me había entregado mi teléfono y había prácticamente desaparecido sin darme instrucciones sobre el camino y que, aunque yo quería correr, que entendiera que no soy corredora, ni marathonista, ni tengo 15 años.

 

En fin, bastante molesto mi guía seguía corriendo y de bajada. Yo intenté hacer mi mejor esfuerzo y de verdad corrí,  de bajada, con piedras, cargando mi bolsa y pidiéndole a Dios no caerme ni desbarrancarme, ni romperme una pierna o la dentadura.

 

Esta vez no lo perdí de vista. Por supuesto venía yo a la distancia, pero corriendo y sudando del esfuerzo. 

A lo lejos vi a Andrés y a Pei Inn. 

Andrés estaba super preocupado porque yo no aparecía y, aunque se seguía sintiendo mal físicamente, al verme le “regresó el alma al cuerpo”.

 

Les conté a él y a Pei Inn lo que había pasado y nos subimos al barco para regresarnos a Puno. 

Continuará……

 

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