Planteamiento ¿Para ser Feliz es mejor saber muchas cosas o no tantas? ¡Conocer o tener ideas!.. ¿Qué es lo que nos genera mayor bienestar? ¿Son más felices los que saben más?

 

El Coaching se nutre de la Indagación. Ofrecemos Preguntas Poderosas que el coachee no se está haciendo a sí mismo, para abrir posibilidades que no está viendo.

 

Solemos decir que no tenemos respuestas a todas las preguntas, pero seguro que tenemos preguntas para todas las respuestas. Se trata de cuestionar las certezas que nos mantienen detenidos donde estamos.

 

Y nos hacemos preguntas porque estamos en una Búsqueda, esencial, trascendental, que es la Búsqueda de nuestra Felicidad, del Bien Vivir.

 

Pero hay preguntas que parecen girar en redondo, sin llevarnos nunca hacia una respuesta clarificadora. Una de ellas me la vengo haciendo yo desde que era muy joven:

 

¿Para ser feliz es mejor saber muchas cosas o no tantas?

 

Conozco muchas personas que saben mucho pero viven mal. Por otro lado, conozco bastantes que saben menos, pero son muy felices.

 

Creo que la razón por la cual este cuestionamiento me ha perseguido tanto tiempo es porque la pregunta estaba mal planteada. No se trataba de saber más o menos, sino de recordar y no olvidar el Saber fundamental, que es el que hoy nos falta.

 

Hoy quiero reflexionar sobre el Conocimiento y la Sabiduría, y veremos que conocer bien esa distinción, va a ser determinante también a la hora de elegir nuestras preguntas.

 

Muchas personas, para ser felices, quieren llenar su vida de Conocimientos, de saberes, con minúscula; en definitiva, de respuestas. Y no se dan cuenta de que lo realmente importante son las Preguntas, y no tanto porque siempre nos provean de respuestas, sino porque nos abren caminos para nuevas búsquedas, que nos llevan a lugares diferentes aún sin tener todas las respuestas. Nos abren a nuevas posibilidades, que es lo que va a definir nuestro futuro.

 

Hoy el conocimiento está al alcance de todos en Internet, Wikipedia, etc… Por eso hay tanta gente que “sabe” pero tan pocos sabios. Por eso hay tantas discusiones para tener razón. Hoy, con frecuencia, se cree maestro hasta el más ignorante.

 

Ya hace muchos años Plutarco comentaba una frase de increíble vigencia en la actualidad:

“Hoy, más que nunca, es necesario concebir nuestro cerebro no como un vaso para llenar sino como una lámpara para encender.”

Se puede llenar de conocimientos, pero solo se ilumina de ideas.

 

Y lo curioso, y el eje de mi reflexión hoy, es que muchas veces, las personas más sabias son las menos conocedoras. Como sabios son o han sido los pueblos indígenas en su saber ancestral, generalmente tan poco escuchado por la civilización actual, tan ocupada en el desarrollo tecnológico y el empobrecimiento del bienestar, del Bien Vivir.

 

Digámoslo claro; hoy no vivimos mejor que hace 50 años. Las depresiones en el mundo civilizado se han multiplicado por mil desde los años 60’s. Los suicidios se incrementan vertiginosamente en las sociedades más avanzadas. El suicidio infantil crece de forma alarmante. La sociedad vive peor que antes, por más que acumule avances tecnológicos y comodidades.

 

Hemos olvidado algo fundamental que caracterizaba la vida de los pueblos y civilizaciones más ancestrales, no respecto de su ignorancia de los avances tecnológicos sino sobre su sabiduría para vivir en conexión con lo universal, con lo básico.

 

Y, con frecuencia, las únicas personas que conozco que se acercan a esa sabiduría, suelen ser personas de pocos conocimientos. ¿Por qué pasa esto?

 

Un poco de historia:

 

Hasta el Siglo XV, la espiritualidad y el conocimiento residían en las mismas manos. Los libros se escribían a mano y, de forma casi exclusiva, los amanuenses eran a su vez frailes de alguna comunidad. El saber estaba en las bibliotecas de los monasterios, en poder de la Iglesia.

 

Pero en el año 1,400, Gütemberg desarrolla la imprenta y el libro comienza a popularizarse y salir del estricto ámbito religioso. Y con ello, comienza una era caracterizada por preguntas que desafiaban el saber hasta entonces incuestionado. Muchas mujeres, con gran poder de sanación por su conocimiento e integración con la naturaleza, fueron tachadas de brujas, perseguidas y exterminadas. Galileo, Copérnico, y muchos otros, arriesgaron su vida y su libertad comenzando a cuestionar lo que hasta entonces era una verdad aceptada.

 

Entonces la Iglesia, cuando siente que ha perdido el control sobre el saber, decide hacer un pacto tácito que dura hasta la actualidad. Decide dejar que el mundo científico se ocupe de lo “racional”, de lo que “está fuera”, y ellos, la Iglesia, se encargarán del mundo “espiritual”, de lo que “está dentro”. Esta decisión, a la larga, ha tenido consecuencias catastróficas en nuestra civilización. El pensamiento racional, cientificista, declara que sólo es Verdad aquello que se puede demostrar. Y lo demás sencillamente, no existe, son solo creencias que deben ser despreciadas o, simplemente ignoradas. La consecuencia es una gran disociación. Somos, de hecho, la civilización más disociada entre lo espiritual y lo material que haya conocido la existencia.

 

Y en ese caldo de cultivo, hemos perdido la memoria ancestral que nos conectaba con lo básico. Nos hemos perdido en un mundo material y cientifista, que nos prometió tener todas las respuestas y que nos deja con frecuencia en el limbo de lo insondable.

 

La realidad es que somos una civilización caracterizada por el olvido. El olvido de lo básico.

 

Hoy, al fin, tengo una hipótesis que sirve de respuesta a esta pregunta pero que desarrollaré en el próximo artículo.

MI HIPÓTESIS: Próxima cápsula