El cerebro funciona recibiendo estímulos del exterior y los transforma en sensaciones. Por ello, todo lo que es importante en nuestras vidas, lo es porque nos produce determinados Estados Internos que nos generan satisfacción y felicidad.

 

Todos declaramos que lo más importante en esta vida es ser felices, pero no todas las personas son coherentes a la hora de pasar de la declaración a las acciones.

 

Al contrario, muchas personas caminan por senderos que les van a producir grandes dosis de sufrimiento e infelicidad.

 

A nuestro alrededor pasan cosas continuamente, unas buenas y otras más duras o difíciles de integrar. No decidimos las cosas que nos pasan, pero sí decidimos cómo vivir las cosas que pasan, y desde ahí, afrontarlas de una manera u otra.

 

Por eso, es tan importante decidir dónde y cómo poner nuestra mirada hacia la vida.

 

Nuestra mirada actual depende de nuestra historia y de cómo la hemos integrado. Quienes tienen una mirada construida en base al victimismo, la resignación o el resentimiento, viven mal, sufren mucho y alimentan Estados Internos muy tóxicos para sí mismos y para sus relaciones.

 

Por el contrario, quienes pueden mirar la vida aceptando lo que no está en su mano cambiar y concentrándose en lo que sí pueden intervenir, pero quedándose siempre con lo positivo, con los aprendizajes, están más cerca de vivir en el gozo y la liviandad.

 

Por eso, es tan importante poner paz en nuestro pasado, porque no podemos cambiarlo. Solo está en nuestra mano decidir si lo más duro y lo más feo de ese pasado va a condicionar el resto de nuestras vidas, o, por el contrario, lo podemos colocar en un lugar de nuestra historia, pero no ya de nuestro presente y mucho menos de nuestro futuro.

 

Lo que nos pasa, nos pasa, sin duda alguna. Pero nosotros decidimos siempre sobre nuestros Estados Internos. Ser consciente de ello nos permite gestionar dichos Estados Internos, dejando de ser la pelota en el partido; pasar de víctima a protagonista. Pero cuando nos sentimos víctimas o impotentes, pensamos que nuestros Estados Internos son consecuencia exclusiva de lo que nos pasa, sin que nosotros podamos intervenir. Eso nos hace esclavos de las circunstancias.

 

Sentirse víctima es cómodo porque tiene que ver con quitarnos poder de actuación sobre lo que nos pasa. Y no actuar, siempre es más cómodo que hacerse cargo. Pero la comodidad no siempre nos acerca a la felicidad ni al bienvivir. La víctima se siente cómoda en su sufrimiento, porque es precisamente el sufrimiento lo que da razón a su postura en la vida, convirtiéndose así, simultáneamente, en causa y consecuencia. Una trampa mortal de la que no saldrá hasta que no se replantee su decisión.

 

San Agustín decía:

  • “La felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da,
  • Y soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita”

 

Decidimos cómo vivir internamente los sucesos de la vida. Y cuando pensamos que no decidimos nada, también estamos decidiendo. Estamos decidiendo no tener poder sobre ello y regalar todo el poder sobre nuestra felicidad a las cosas que nos pasan.

 

Somos seres poderosos. Pero tenemos que ser conscientes de ese poder para poder ejercerlo. Podemos vivir poniendo la mirada solo en lo feo que hay a nuestro alrededor, y sin duda que encontraremos fealdad. O, por el contrario, podemos vivir decidiendo poner la mirada en lo bonito, en lo bello que sí tenemos y que existe a nuestro alrededor, y ver lo feo solo como aquello sobre lo que tenemos que actuar para mejorar el mundo y nuestras vidas. Ver lo feo como una oportunidad de hacer, de actuar, de dejar nuestra huella en el mundo.

 

Víctor Frankl sobrevivió desde 1942 hasta 1945 en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. A partir de esa experiencia escribió ese libro impagable que es El hombre en busca de sentido.

 

En él explicaba que pudo sobrevivir precisamente porque él decidió que el único lugar en el que los nazis no podían entrar, no tenían ningún poder, era en su cabeza. Ahí mandaba él. Y su gran voluntad de vivir le permitió resistir lo que otros, con su voluntad más quebrada, no pudieron resistir. Es muy comprensible que no pudieran, pero lo relevante acá es la fuerza interior que ese pensamiento, esa decisión, le proporcionó a Frankl.

 

Lo mismo podemos decir de Mandela, el gran maestro Madiba, y su poema Invictus, que se repetía a sí mismo cada vez que se sentía flaquear entre las estrechas paredes de su celda de Robben Island, donde pasó la mayor parte de su cautiverio de 28 años.

 

Conozco personas felices que han pasado por las situaciones más difíciles que podamos imaginar, o que viven en condiciones inaceptables para muchos. Y conozco demasiadas personas que teniéndolo todo viven sufriendo, sumidas en estados internos y pensamientos que son la causa real de ese sufrimiento.

 

Por eso estoy convencido que todo está en nuestra mirada, en cómo miramos y en lo que vemos. A qué le damos importancia, y qué es lo que no logramos ver.

 

Te propongo que este día y a esta hora en la que estás está leyendo estas líneas, que mires tu vida viendo de verdad lo que la hace extraordinaria, lo que realmente nos puede conectar con estados Internos expansivos que nos den la fortaleza para afrontar con felicidad y liviandad la parte que nos gusta menos de esa vida.

 

Si podemos hacer eso cada día, empezaremos nuestros días con más alegría y fortaleza, y los terminaremos agradeciendo a la vida lo que ese día irrepetible nos ha regalado.

  • Hoy no hay preguntas, solo una propuesta de mirar a tu alrededor y decidir con qué te quedas. ¿Cómo decido que sea mi día hoy?

    ¡Que siempre decidas tener un buen día!

     

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