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¡El Perdón! ¿Por qué Perdonar nos permite vivir ligeros?


Todos, absolutamente todos, tenemos heridas del pasado que hay que sanar, hay que cicatrizar para que dejen de doler. Porque, efectivamente, las cicatrices ya no duelen.


¡El Perdón! ¿Por qué Perdonar nos permite vivir ligeros?


Descripción extendida

Lo que sigue doliendo son esas heridas mal curadas que sangran con cualquier roce. Esas nos duelen continuamente porque rozarse es algo muy común y cotidiano.

 

Con nuestras emociones pasa lo mismo, porque la vida cotidiana está llena de roces pequeños que nos hacen sangrar cualquier herida emocional no cerrada.

 

Y así, vivimos permanente enganchados en un pasado que nos sigue haciendo sufrir y ante el que nos sentimos impotentes, lo que de paso nos lastra con la pesada carga del rencor.

 

Y decimos, “es que no puedo olvidarlo”, como una muestra de nuestro desamparo, como si olvidar nuestro pasado fuese la solución. Pero nos equivocados enormemente al pensar así, ya que la solución no está en el olvido sino en el perdón.

 

Para perdonar, el gran truco está en considerar todo el daño recibido en nuestra vida pasada como un acto de torpeza del otro, pero no como un acto de maldad. Incluso si fue una enorme maldad, debemos considerar esa maldad como una enorme torpeza.

 

Porque solo podemos perdonar la torpeza. Perdonar la maldad es casi imposible.

 

Por todo ello, afirmo categóricamente que:

 

Cuando hemos perdonado, no hace falta olvidar”.

 

Hasta Jesucristo dedicó sus casi últimas palabras a este tema tan relevante para la felicidad:

 

Perdónalos, porque no saben lo que hacen”

 

Con mucha razón dijo Buda hace 2,600 años que:

 

“Hay 3 cosas imposibles de evitar, la muerte, el dolor y la enfermedad… pero el sufrimiento es una decisión personal”.

 

Los hechos, las cosas que nos pasan, (afortunadamente algunas, no todas) nos duelen, nos producen dolor…

 

Con el tiempo, ese dolor termina pasando, pero que termine nuestro sufrimiento es decisión y trabajo nuestro. Son nuestras interpretaciones de esos hechos las que nos producen sufrimiento, y la interpretación está en nuestra cabeza, no está en el hecho en sí.

 

Por ejemplo, hace algún tiempo me contaba un amigo entre lágrimas:

 

“Aún me acuerdo de un día, hace más de 30 años, en que por una tontería, mi padre me soltó un bofetón en plena cara…”

 

Mientras mi amigo contaba su historia, súbitamente su cara enrojeció, como si acabase de recibir ese mismo bofetón.

 

Y el problema es que ante un comportamiento violento e inesperado de un padre, el niño piensa que si me hacen esto debe ser porque no me quiere… y ahí empiezan las interpretaciones.

 

Olvidamos que hacemos interpretaciones desde el ser que somos hoy que es muy diferente al que eran nuestros padres, y sobre todo en cuanto a educación se refiere.

 

Creo sinceramente, que las personas de mi generación somos la primera generación, hablando en términos generales, que vive y crece preocupada por ser unos “buenos padres”, por hacerlo bien. Tenemos dudas que jamás tuvieron nuestros padres:

 

  • ¿Lo estaré haciendo bien?

     

  • ¿Estoy siendo demasiado duro? ¿demasiado blando?

     

  • Etc…

     

Nuestros padres consideraban que el deber de sus hijos era obedecer o recibir castigo, y el suyo era simplemente proveer lo material, sin conexión con la ternura, el amor, la educación en valores, la paz… Para ellos, los hijos eran una posesión...

 

Por tanto, desde esa torpeza, desde esa mirada, para ellos estaban haciendo lo correcto. Y quizás si nosotros hubiésemos crecido en esa época hubiéramos hecho lo mismo.

 

Juzgamos la actuación de otros desde nuestro saber de hoy, desde nuestra consciencia actual, pero no podemos saber lo que hubiéramos hecho nosotros con su nivel de consciencia.

 

Y esto es tan cierto, que siendo muy conscientes del daño que hemos recibido como hijos, no somos tan conscientes del daño que producimos como padres. Porque nosotros también somos torpes y también les generamos heridas a nuestros hijos, pero no nos damos cuenta.

 

Seamos conscientes de que como padres, si tomamos conciencia de haber hecho daño a un hijo, inmediatamente queremos ser perdonados, pues nuestra intención fue la mejor… pero como hijos a veces nos cuesta años perdonar a nuestros padres.

 

Nadie puede vivir en paz sin haber sanado la herida con quien nos dio la vida, al fin y al cabo, el mejor regalo que tenemos, son nuestros padres.

 

Perdonar no significa eximir al otro de la responsabilidad de sus actos. Es un proceso que nos permite gestionar lo que pasa desde el Aquí y el Ahora, sin enganches anclados en un pasado que ya no podemos cambiar.

 

Perdonar nos permite vivir ligeros, aliviados del siempre tóxico bagaje del rencor. Perdonamos para vivir mejor nosotros.

 

Preguntas:

 

  • ¿Cada vez que recuerdo un daño antiguo, siento la misma emoción?

     

  • ¿Si no puedo, me doy cuenta de la carga de sufrimiento que eso me genera?

     

  • ¿Me doy cuenta de que perdonar es una conducta que, me permite bienvivir a mí; que no lo hago solo por el otro, sino fundamentalmente por mi propio bienestar?

     

  • ¿A quién decido hoy perdonar, y cómo lo voy a hacer?

 

  • ¿Puedo perdonar con facilidad?

 

  • ¿Puedo interpretar el daño como torpeza?

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