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¿Qué debo desaprender para vivir en libertad?


No hay forma de evitarlo. Todos llevamos, al menos durante un tiempo de nuestras vidas, un niño herido dentro. Al menos hasta que aprendemos a sanarlo.


¿Qué debo desaprender para vivir en libertad?


Descripción extendida

Por eso sabemos que, si bien los niños van aprendiendo a partir de sus experiencias, los adultos necesitamos primero desaprender, para después aprender sobre ese espacio vaciado de un saber antiguo que ya no nos sirve, o quizás nunca nos sirvió.

 

Para comprender mejor el por qué de este proceso, empecemos por el principio. Preguntémonos… ¿cómo nacemos? Todos nacemos absolutamente predispuestos para el amor. Por dos razones, porque no sabemos hacer otra cosa, y porque lo necesitamos para el buen desarrollo de esos primeros años. Pero aún va más allá, nacemos tan dispuestos y disponibles para el amor, que nadie nace con un Plan B. No tenemos nada preparado por si lo que vamos a vivir no siempre es amoroso.

 

Entendiendo eso, es fácil comprender que cualquier suceso que no vivamos como amoroso va a impactar en nosotros como algo sorprendente primero, y amenazante después. Y la primera vivencia de ello se da nada más nacer, pues lo primero que nos pasa es que nos separan de la madre, cortando el cordón umbilical. Si el amor es unión, comunión y compartir, nuestra primera experiencia es de separación. Resulta algo incomprensible para la mente del niño.

 

La Escuela de la vida funciona exactamente al revés que la escuela del colegio. En el colegio, primero nos enseñan y después nos someten a examen; en la vida, primero nos someten a prueba, y después se espera que saquemos el aprendizaje.

 

Esta simple verdad es algo que tardamos años en comprender, y nos sentimos mal porque tenemos vivencias para las cuales nadie nos ha preparado previamente. Así que, repito, lo primero es desconcierto, y lo segundo, una amenaza para la que no tenemos ninguna medicina, por lo que se suele transformar en dolor, queja y sufrimiento.

 

Volviendo a la primera experiencia de separación, observemos que esto se va a repetir muchas veces en vivencias cotidianas absolutamente normales y lógicas para la mente del adulto. Nos dejan en la habitación “del nene”, y esas personas que antes me abrazaron, se van… al día siguiente vuelven, pero solo para vestirme y llevarme a otro lugar que llaman escuela…y se vuelven a ir, y otro día me dejan en casa de la abuela, y así sucesivamente… es difícil crecer en la seguridad de que no me vayan a dejar un día y no regresen.

 

Por supuesto que esto, que les pasa a todos los niños, se ve compensado por las innumerables muestras de amor que muchos reciben en los largos momentos donde sí están presentes los padres. Pero ¿qué me dicen de esos niños que ya desde una temprana infancia no reciben tantas muestras de amor? ¿Aquellos que reciben mucha soledad, dejándoles llorar hasta la angustia, o son golpeados, gritados o zarandeados ya a una muy tierna infancia?

 

Los que hayan visto la magnífica película de Disney: Intensa-mente, saben que todos nacemos con 5 emociones básicas o primarias:

  • Alegría
  • Miedo
  • Tristeza
  • Enojo
  • Desagrado

 

 

Con ellas podemos expresar lo que sentimos cuando el lenguaje es un logro inalcanzable todavía. El problema empieza cuando los adultos deciden qué debemos sentir, o qué debemos expresar, aunque no lo sintamos realmente, porque es “más adecuado” socialmente.

 

Y nos educan con frases como:

  • No llores
  • Sonríe
  • No te quejes
  • No pongas esa cara y come
  • No te enojes por eso
  • Etc…

 

Comienzan a crear en nosotros lo que conocemos como “emociones secundarias”, que en realidad son mandatos que nos obligan a expresar hacia fuera algo que dentro no sentimos. Empiezan a crear el ser social, el que va a ser aceptado, o eso nos dicen, por los demás más fácilmente. Hasta el punto de que hay personas que crecen olvidando expresar lo que realmente sienten.

 

Así, podemos crecer anestesiados, o, si tenemos alguna conciencia del juego, angustiados o rencorosos por lo que nos han hecho.

 

Todos crecemos recibiendo estímulos del exterior, que refuerzan en nosotros una determinada conducta u otra. Los hay positivos y negativos, pero también los hay Condicionales o Incondicionales, según refuercen el Ser que somos o un determinado Hacer.

 

Para crecer con un ego sano, necesitamos escuchar, sentir y creer que somos amados por nosotros mismos, sin tener que hacer nada para ello. Una vez construida esta sensación y solo entonces, estamos preparados para aprender, recibiendo refuerzos positivos y negativos a nuestro hacer diario y cotidiano. “esto no se hace”, “esto está muy bien hecho”…

 

Pero un día, alguien nos dice, “dame un beso”, y nosotros en nuestra bendita y confiada naturalidad, respondemos “no quiero”. Y esta persona, puede ser una abuelita bien intencionada, un tío, o cualquier vecino, dice:

 

  • ¡Uy, Que niño tan malo! ¡Así nadie te va a querer!

 

El mensaje que recibimos es que debemos hacer lo que el otro quiere y nos pide, aunque nosotros no queramos, PARA que nos quieran. Si creemos que solo haciendo cosas nos van a querer, ya no podemos sentirnos merecedores de ser amados por el simple hecho de ser. Y perdemos la calma, la tranquilidad, la confianza.

 

Empezamos a vivir con angustia creyendo que solo satisfaciendo a los demás vamos a ser merecedores de su amor y gratitud. Esa idea nos esclaviza, nos anula y nos hace seres dependientes.

 

Por el contrario, un niño que crece sano, ama y da con libertad, porque quiere, no para ser querido de regreso. Es libre y autónomo para regir su existencia.

 

Con todo ello quiero decir que el niño herido, si no logramos que sane, se instala dentro de nosotros y siempre nos estará reclamando algo que no podemos darle, salvo que sanemos la herida. ¿De qué se trata?

 

Es la calma, la paz derivada del perdón y de la aceptación de no necesitar que el mundo sea como queremos que sea para estar bien asentados en él.

 

La Confianza que mantiene nuestra actitud siempre en acción, generando posibilidades, sean cuales sean las circunstancias externas. La libertad que nos da el saber que no somos lo que el otro nos dice que somos, sino aquel que hemos sido capaces de generar. Un ser libre que aprende de todas sus experiencias, agradables o difíciles, y que está siempre caminando hacia la mejor versión de sí mismo. Alguien que comprende que el pasado nos explica, pero no nos condiciona. Alguien que comprende que, si bien nunca podemos tener todo lo que queremos, siempre tenemos mucho, y lo sabe valorar.


Advertencias o recomendaciones

Por eso afirmo que crecer y vivir en Confianza es la primera cualidad esencial para ser felices.

 

 

 

PREGUNTAS:

  • ¿Tiendes con exceso a la queja?
  • ¿Te quejas de lo que no está en tu mano cambiar?
  • ¿Te sientes impotente frente a lo que ocurre en tu vida?
  • ¿El dolor se convierte en sufrimiento para ti?
  • ¿Piensas que la vida te debe algo?
  • ¿Qué harías si dejaras de quejarte?
  • ¿Qué crees que puedes y quieres hacer para acallar al niño herido y quejoso, y empezar a hacerte cargo de la situación real, para sanarla, y mejorar el bienvivir?

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¿Tienes alguna sugerencia? ¿Identificaste lo que podrías desaprender para ser más feliz?

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