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Un Viaje para Aprender a Estar Conmigo capítulo 4


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Un  Viaje para Aprender a Estar Conmigo capítulo 4


Descripción extendida

Había una bola desordenada de turistas de diferentes nacionalidades esperando el autobús de regreso a Sorrento. No había fila, ni nadie que dirigiera.

Esperamos como 25 minutos para la llegada del autobús. 

 

Cuando llegó empezó un desorden total. Todos sabíamos que no habría suficientes lugares para ir sentados y que ir parado 3 horas en una carretera llena de curvas después de todo un día de haber caminado, no era opción deseable para nadie….

 

Empezaron los gritos y empujones. De verdad feo. Se metieron varios, y los que llevaban más de una hora esperando el autobús estaban furiosos. Después de dejar pasar a varias personas logré entrar al autobús. Estaba totalmente lleno y ya con gente parada. 

En la primera fila detrás del chofer estaba sentado un niño como de 10 años y parecía que guardaba el lugar de junto para su mamá. Nadie se sentaba ahí. Yo me atreví a preguntarle si podía sentarme en ese lugar e inmediatamente me dijo que sí.

 

Nuevamente me sentí tan afortunada y le di gracias a Dios de que me hizo “preguntona” y que gracias a ello, había yo conseguido un super lugar en el autobús, sentada, cómoda y con la mejor vista.

Durante el trayecto platicaría yo con el niño Luca, hijo del chofer quien estaba acompañando  a su papá ese día  y había escogido el mejor lugar del autobús, justo detrás de su papá y yo había sido la “afortunada” de sentarme junto a Luca.

 

El regreso fue largo pero cómodo para mi y con vistas de ensueño. Los pobres turistas parados la pasaron mal. Hicimos las paradas de regreso en los diferentes pueblitos y ya no había cupo. Nadie se bajaba y muchos querían subir….

 

Llegamos a Sorrento pasadas las ocho de la noche. La parada final era en la estación de tren. Me despedí de Luca, me bajé y compré mi boleto del tren a Sant Agnello. Tuve nuevamente que esperar como 20 minutos a que llegara el tren. 

 

Unos turistas canadienses, una pareja de jóvenes veinteañeros me preguntaron si hablaba yo inglés. Estaban perdidos y querían saber si el tren que llegaría los llevaría a Nápoles. Les dije que si y empezamos una conversación mientras esperamos el tren. Intercambiamos teléfonos y direcciones y los invité a venir a México y hospedarse en mi casa. Me cayeron de maravilla y sólo hice lo que me nació del corazón.

 

Nos subimos al tren y finalmente arrancó. El trayecto a mi estación duraba como 5 minutos. Me despedí de la pareja canadiense y me bajé en la estación de Sant. Agnello.

Caminé de la estación del tren rumbo a mi hotel. 

 

A medio camino me encontré con una tienda en la que vendían empanadas, focaccias , pizzas y pastas hechas en casa. Su olor me invitó a entrar y me dí cuenta de que moría de hambre.

 

Platiqué con la dueña, Lucia, quien después de interrogarme y enterarse  de que era mexicana, que viajaba sola y que venía llegando de un paseo a Ravello, me presentó sus delicias y me recomendó unas empanadas de mozzarella con tomate y albahaca y una rebanada de pizza de varios quesos.

Las compré y compré también una botella  individual de proseco. 

 

Me despedí de Lucía, quien después de los obligados “arrivederci” y “ciao”, me felicitó por ser una “mujer brava “y atreverme a viajar sola desde un país tan lejano.

 

Continué caminando hasta mi hotel, llegué directo a mi cuarto e inmediatamente conecté mi celular al cargador, pues me quedaba tan sólo el 10% de batería.

Puse la tina de baño, la llené de burbujas y me metí a descansar y a recordar todas las imágenes del día.

 

Salí  del baño y devoré la empanada y la pizza  y de beber, me tomé el delicioso proseco. Tenía yo fruta que había yo comprado el día anterior y me comí un dulce y rico durazno de postre.

 

Después de un día tan intenso, lo úlitimo que quería yo hacer era arreglarme e ir a un restaurante  a pedir mi “mesa para uno”. Mi cena  en mi habitación ya bañada y con la pijama puesta, me supo extraordinariamente deliciosa.

 

Chequé mi celular para ver si ya había cargado batería porque quería enviarle un mensaje a mi hijo que estaba en Paris. 

Me llamó la atención que no había cargado batería y aunque el cable venía roto desde México, había estado funcionando bien pero parecía que ahora si, ya no servía. 

Quedaba 3% de batería y de verdad, “entré en pánico”. Me sentí en ese momento totalmente “incomunicada”.

 

Le mandé un mensaje de voz a mi hijo y le expliqué que se me había roto el cable del celular y que si en dos o tres días no sabía de mi, no se preocupara. Que estaría yo tratando de conseguir el cable para cargar mi teléfono.

 

Me fui a acostar pensando en que mi prioridad para el día siguiente sería el conseguir un nuevo cable para cargar mi celular y así ya no “estar incomunicada” y poder tomar todas las fotos que tanto me gusta tomar en cada lugar que visito. 

Le pedí a Dios que me ayudara a resolver este asunto, que se presentaba como “una pequeña piedra en el camino”.

 

Estaba yo tan cansada que dormí profundamente.

Me desperté de golpe y volví a checar el cable del cargador pensando que quizás funcionaría, pero estaba totalmente roto.

 

Al despertar, me sentí los ojos irritados y con lagañas. Me paré al baño y me los vi bastante rojos. Mi botiquín completo, incluyendo gotas para la conjuntivitis, se lo había yo puesto a mi hijo en su maleta, por si en su estancia de un mes en Paris, algo se le ofrecía. Yo sólo llevaba advils y mis vitaminas. Como siempre, mi sentimiento de “las mamás no nos enfermamos y somos invencibles” me había ganado.

 

Ahora tenía yo dos pendientes inmediatos para ese día. Por un lado, atender la conjuntivitis que había yo pescado y por otro, conseguir el cable para el cargador de mi celular.

 

Me  bañé, me vestí y  bajé a desayunar al buffet.

 

Acabando de desayunar me fui a la recepción para preguntar en dónde podría conseguir un cable para cargar mi iphone. El gerente de la recepción me sacó una caja de cables “olvidados por los huéspedes” para ver si alguno me servía..… Estaba yo feliz y esperanzada de que encontraría ahí el cable, pero ninguno me funcionó.

 

El Gerente me dijo claramente que Sant. Agnello es un pueblo muy pequeñito y que lo que él me recomendaba era que fuera a Sorrento a tratar de conseguir el cable.

 

Salí del hotel y caminé hacia la avenida principal. Tenía yo la esperanza de encontrar una tienda de celulares o algo parecido para conseguir mi cable sin tener que ir hasta Sorrento, aunque estaba yo dispuesta a hacer lo necesario ese día para resolver mis pendientes.

 

Caminé un par de cuadras y vi un negocio que decía en italiano algo así como “ferretería y electricidad”. Era un changarrito pequeño atendido por un viejito napolitano que sólo hablaba italiano, en donde vendían, focos, cables, tornillos, etc. 

 

Saqué el cable de mi bolsa y le enseñé que estaba roto. Le di una super explicación en español y saqué mi iphone para que viera lo que necesitaba.

El viejito veía el cable y me decía “sabe Dios qué” en italiano. En algún momento tomó el cable y se metió a una bodeguita que había al fondo. Pensé que intentaría repararlo y esperé. 

 

A los 5 minutos salió con una cajita con el cable que necesitaba. Me señaló que era para ipad o iphone. 

No lo podía yo creer!!!!

Lo sacó de la caja y lo probamos. Le quedaba perfecto. También me quería vender el convertidor de corriente pero le expliqué, como pude, que ese ya lo tenía, pero estaba en el hotel.

Estaba yo feliz. A los 10 minutos de haber salido del hotel y en una ferretería había yo conseguido la solución y sólo me había costado 7 euros. 

Volví a sentirme tan agradecida con Dios por llevarme a encontrar una solución tan rápida y a dos cuadras del hotel.

Le di las gracias al viejito con mucha euforia. Creo que hasta abrazo le di de la felicidad de tener mi cable nuevo y la “posibilidad de volver a comunicarme con el mundo y de sacar mis fotos”.

 

Saliendo de la ferretería y cruzando  la calle a mano izquierda estaba una farmacia grande. 

Ahora me tocaba resolver mi conjuntivitis y necesitaba yo unas gotas con antibiótico. 

 

En Roma había yo acompañado a mi amigo a comprar unos medicamentos a una farmacia y todo está super controlado. Por supuesto, no te venden antibióticos sin receta médica, así que pensé que aquí sería igual y tendría yo que conseguir a un doctor para que me revisara y me recetara unas gotas.

 

Nuevamente, me puse en manos de Dios y a explicar y a actuar para darme a entender en la farmacia. 

Me atendió una señora mayor muy amable.  Le explique que me molestaban los ojos, que traía lagañas y que necesitaba unas gotas.

Le entendí que me dijo que “traía yo una conjuntivitis y que si quería yo las gotas con o sin antibiótico”. Le dije que con antibiótico. 

Mi sorpresa es que me dijo que esperara, se metió y abrió unos cajones y sacó unas gotas. No me pidió receta y me explicó el tratamiento. Tres gotas al día por 7 días. 

 

Pagué mis gotas y me regresé al hotel con mis dos pendientes resueltos en menos de media hora. 

 

Estaba yo feliz en mi habitación cargando mi celular. Me urgía estar “comunicada” checando mis whatsapp, mi facebook y mis correos. 

Inmediatamente me puse las gotas para los ojos.

No había yo pensado qué hacer ese día, porque creí que mis dos pendientes me tomarían todo el día. Eran a penas las 11 de la mañana.

 

Después de cargar mi celular y mandarle un mensaje a mi hijo de que estaba yo nuevamente comunicada, decidí ponerme mi traje de baño y disfrutar la alberca del hotel. 

La verdad después del estrés que había yo tenido, no se me antojaba irme a medio día a ningún pueblito en aquel transporte “empacado de turistas”, en el que seguramente, a esa hora, me iría yo parada.

 

Bajé a la alberca con mi libro, mi ipod, mi sombrero y mi bloqueador solar.

Disfruté enormemente el descanso, la música, mi libro y la bronceada.

 

Como a las 2 de la tarde me puse mi pareo y me fui a la cafetería del hotel. Pedí una deliciosa ensalada y la disfruté enormemente, mientras checaba mis mensajes y revisaba facebook. 

 

No pedí postre porque había yo decidido ir a la gelatteria del pueblo cerca de la estación para pasar una tarde sentada en una terraza, degustando un rico helado, sin hacer absolutamente nada. Solo viendo pasar a la gente.

 

Después de mi lunch en la alberca, firmé mi cuenta y me subí a mi habitación para bañarme, arreglarme e irme a la heladería.

 

Estuve un par de horas viendo pasar a la gente mientras me tomaba mi gelatto y un café. 

Caminé un rato y me metí a varias tiendas a curiosear.

 

Pasé nuevamente por la tienda de comida de Lucia, entré y platiqué con ella un rato, compré unas empanadas y una botella de proseco para mi cena de ese día.

 

Esa noche cenaría yo en los jardines del hotel. Sentada en una banca, rodeada de flores y fuentes, disfrutando de mi propia compañía.

Continuará…..

 






Comentarios
Comentarios en Facebook
Elizabeth   enviado el 05/09/2016
Qué padrísima experiencia Caro!!! Estoy encantada leyendo tu relato y ya espero el siguiente capítulo.

Carolina Rios   enviado el 05/09/2016
Gracias Eli! No hay duda de que recordar es volver a vivir... Gracias por leerme y por acompañarme en este viaje!

Julio Salgado   enviado el 05/09/2016
buen articulo, admiro a las mujeres que se atreven,

Amparo Cuervo   enviado el 06/09/2016
Yo también. Bravo Carito :)

Carolina Rios   enviado el 06/09/2016
Gracias Julio y Amparo. Creo que para crecer hay que ponerse retos y "vencer los miedos". Me siento feliz y muy satisfecha de haberme atrevido a viajar sola y a aprender a disfrutar de mi propia compañía. Honestamente considero que es una experiencia que hombres y mujeres deberíamos vivir en algún momento de nuestras vidas. Es muy enriquecedora.

Cristina   enviado el 06/09/2016
Caro, tu narración me invita a imaginar y a vivir esos momentos casi como si estuviera allí. Como dice Elizabeth, ¡ya quiero ver qué pasa después! Gracias por compartir!

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