Cuentos en el bus II

 

Minutos antes de que asaltaran el autobús, había recibido la noticia. Pensaba en eso con cierta pesadumbre, ensimismado, alimentando unos temores tan anticuados que de alguna manera me devolvían a mi primera juventud, cuando la vida era sólo miedo. Sí, estaba distraído en esto y de ahí que no caí en cuenta del cambio de rumbo del transporte. Nadie se había dado cuenta, la verdad. Pero cuando los primeros impactos surgieron de la nada, todos, como despertando de un sueño, nos extrañábamos del paisaje solitario que mostraban los ventanales. Y más aún, cuando el vehículo se detuvo y entraron los encapuchados y la vida volvió a ser sólo eso: miedo.

Los encapuchados subieron atravesando las dos puertas, blandiendo unos tubos que no darían esa apariencia tan amenazadora si no la estuvieran apuntando como si de una escopeta se tratase. Y justo eso se trataba. Lo pudimos comprobar con Sánchez, que intentó apartar aquél extraño cañón con la mano y recibió el balazo sin contemplación. Las balas, sencillamente, no miran a quien. Pero nosotros sí miramos y aquellos tubos no eran tubos, eran miedo. Miedo y muerte. El chófer había desaparecido. Pienso que tuvo algo que ver con todo eso. Todavía nadie sabe de él y dicen algunos que lo sacaron de la ciudad o del país, así serán de organizadas esas cosas. En ocasiones, me viene la idea de que no, no tenía nada que ver con los encapuchados y que fue desaparecido. Como a Sánchez, sólo que a él sí lo pudimos enterrar como Dios manda.

Creo que fueron cinco, quizás más, en momentos como esos uno no se acuerda que existen dedos para contar. Sólo se acuerda de la vida y del miedo. La bala estaba acabando con la vida de Sánchez, no murió al instante, no. Balbuceaba, casi gritaba y se retorcía. No puedo imaginar qué le estaba haciendo esa extraña bala, disparada no por un arma, sino por un tubo. Un tubo coñoemadre, eso sí. Todos, incluyendo a los encapuchados, quedamos hipnotizados viendo cómo la vida se le iba a Sánchez. Aquel rostro de miedo, tan lleno de miedo. Son vainas que a uno no se le borran así nada más.

Esos primeros instantes fueron como un trance, todo fue muy rápido, desconcertante. La palabra terror se llenó de pronto de sentido. No ese leve temor de momentos antes, casi colindando con la emoción. Una emoción juvenil, creo haberlo comparado. Semanas atrás mi esposa envió mis papeles y referencias atendiendo un anuncio del periódico. Lo hizo sin mi consentimiento, claro. Días después me llamaron para la entrevista. ¿Una entrevista?, me pregunté. No le formulé la pregunta al sujeto. El, como si leyera mi mente, me aclaró que era una entrevista de trabajo, para el cargo de gerente de automatización en una empresa ubicada en Canadá. Sí, sentí una extrañeza intensa que se acentuaba cada vez que el hombre decía algo. Fue desconcertante. Todo en esos días fue así.

Entonces fui a la entrevista. Solicité un día de permiso a Ramírez, mi jefe, ya no recuerdo la excusa que di. Salgo y regreso, recuerdo que le dije. Pero la entrevista duró todo el día. Ese día fue muy confuso también. Las imágenes flotan vagas, camufladas con sombras y borrones, recuerdo una prueba escrita, la entrevista verbal está fuera de mi órbita; recuerdo algunas figuras geométricas; el café, que no dejaban de ofrecerme; la prueba médica, que recuerdo en parte por el bendito examen de próstata y la vergüenza que siempre se tiene, aún cuando no haya sido la primera vez; luego, al finalizar, no lo recuerdo, tal vez la fachada color marrón, el vigilante abriéndome la reja, el crepúsculo rojo de esta ciudad que cada vez anochece más deprisa, como apurada por la inseguridad de estos tiempos; pero esto no podría asegurarlo, las imágenes, creo haberlo dicho, flotan y se me escapan.

Entonces, minutos antes de que a Sánchez lo matara aquella bala tan extraña, en el autobús camino al trabajo, me llamaron para informarme de que había sido seleccionado para trabajar en la planta principal de Toronto, en el área de automatización, de gerente. Pensé en mi esposa y mis dos hijos, en dejar esta ciudad que cada día pareciera suicidarse con hierro, como el que mató a Sánchez, como el que saca la Siderúrgica todos los días. Son casi cuarenta años, o quizás más, ya perdí la cuenta, que comencé a trabajar en la empresa del hierro. Casi tantos años como tiene la ciudad de fundada. Al principio vivía en una residencia, junto con otros compañeros, de aquél lado del río y un autobús (siempre aquellos nobles vehículos) cruzaba el puente para llegar, al otro extremo de la ciudad, a la Siderúrgica. El río era parte de nosotros, ambos ríos mejor dicho. Aún las empresas básicas no se habían robado la mayor parte de sus orillas. Mis hijos no han conocido los ríos, al menos no como los conocí yo, como los conoció mi generación. Eran parte de estas tierras. Los muchachos de ahora no han recorrido sus aguas ni pescado pavón ni visto las toninas que antes salían como minúsculas ballenas. Una ciudad contradictoria, a decir verdad, pero aún así, he levantado aquí a mi familia. No soy de arraigos, pienso que estaré siempre donde estén mi mujer y mis hijos; pero reconozco que, ante aquella oferta de trabajo que recibí ese día en el autobús, sentí miedo y una melancolía temprana. La bala, los tubos, los encapuchados, la vida de Sánchez escapándose, terminaron por joder el día.

Todo acabó cuando privatizaron la Siderúrgica. Llegaron los argentinos y nos quitaron la empresa que hizo nacer esta ciudad. Acabaron con mis planes de una cómoda jubilación. En vez de eso, me sacaron con unas acciones que de nada sirvieron, justo cuando comenzaba a formar mi familia. Sí, comencé tarde. Mi viejo que en paz descanse siempre me decía que yo era lento para todo, lento hasta para mover un pie. Lo hacía sin reprenderme, más bien lo hacía como buscando algo en común para reír, mi supuesta actitud pasiva y su lenguarata de borracho alegre. Yo lo tomaba a juego, pero luego de graduarme de ingeniería después de diez años, y de casarme ya cercano a los cuarenta, he llegado a creer que mi viejo estaba en lo cierto. Tuve mi familia tarde pero también tenía un futuro asegurado en la Siderúrgica. Quién iba a imaginar que las cosas iban a torcerse tanto, después de tanto tiempo; recuerdo que hacía poco había recibido mi condecoración por años de servicio. Veinticinco años. Esa medallita, ya ni sé a dónde fue a parar. Como todo, en el olvido.

Después que Sánchez dejó de retorcerse, todos despertamos. Los encapuchados dieron otro balazo al techo, dejando un manchón negro cercano a la salida de emergencia. Recuerdo sus voces apagadas, las capuchas hacían que la vocería se escuchase lejana, como ahogada. Y quizás por eso, daban más miedo. Uno de ellos me miró, pero mi mirada se desvió al suelo inmediatamente y mis manos subieron como si un titiritero los manejara con hilos invisibles. Eso era lo que esperaban aquellos sujetos: la sumisión y yo fui el primero en obedecer mecánicamente. Sentí un infantil sentimiento de estar haciendo lo correcto, de hacer algo que agradase a los demás. Siempre he tendido a ser así. En los estudios siempre traté de ser el mejor sólo para agradar a los profesores. En la universidad, para agradar además a las mujeres (fue una época convulsiva, las hormonas saltaban, los pasillos parecían callejones rosas). Luego a mi mujer y más tarde a mis hijos. Ni hablar en la siderúrgica, que fui ascendiendo en la medida que subía el deseo de agradar a los jefes. Pero así soy. Ramírez, quien había sido mi jefe en la siderúrgica y que después de la privatización se fue de ella para formar una empresa que vendía e instalaba los instrumentos de medición y control que la misma siderúrgica compraba, me llamó a mí para que coordinara la cuadrilla de técnicos e ingenieros. No porque yo sea competente para eso, que sí lo soy, sino porque él sabía que haría el trabajo para agradar. No tengo porque ocultarlo. Reconozco y acepto que soy así, que siempre he sido así.

Por eso cuando de manera automática, instintiva, me subyugué a la demencia de aquellos sujetos sin tanto tapujo, sentí cierto placer por complacerlos. Mariqueras de viejo, pensé. Pero así, he conseguido lo poco que he logrado en la vida.

En ningún momento alcé la vista. Hubo un momento en que sólo se escuchaban el motor y el viento colándose por las ventanas. Ya espesaba. A esa hora temprana ya el sol entibiaba el aire y comenzaba a sofocar. Así, con el cuerpo doblado hacia el suelo, respirar comenzaba a ser difícil, algo que obstruía mi nariz hacía que el aire entrara con dificultad. Adquirí consciencia de mis pulmones, hasta de la forma de ellos, cómo se inflaban perezosamente y la cavidad torácica se me dibujaba en toda su dimensión. Exhalaba el aire con fuerza, como aire comprimido. Hasta esos momentos, parecía que nunca antes me había dado cuenta de que respiraba; que la vida, la palabra vida, adquiría además otro significado.

Mucho tiempo transcurrió observando las siluetas metálicas del piso. Sólo escuchaba. Los forcejeos, aquellas voces apagadas, terroríficas, algunas detonaciones, el autobús estremeciéndose con brusquedad, el viento entrando por los ventanales. Y mi mirada, perdida en aquellos palitos que desordenadamente adornaban el piso del autobús. Fue fácil perderse en ensoñaciones. Pensé en la oferta de Toronto, en cómo esta ciudad va abandonándose a sí misma, ¿cuándo se ha visto unos encapuchados secuestrando a un transporte de una empresa privada? ¿Por qué tuvo Sánchez que perder así la vida, sólo por protegerse con sus manos frente al cañón? ¿Cuándo fue que cambió todo en esta ciudad? ¿Desde cuándo dejamos de ver aquellas madrugadas húmedas de cierto rocío y alcohol y amigos? Pensé en mi mujer y mis hijos nuevamente y la palabra exilio se me juntó con la de huir, y las palabras muerte y vida parecieron una sola. Sólo quedaba, intensa, la palabra miedo.

Me había perdido con la mirada fija en aquel entramado metálico del piso, creo que ya lo dije. Desperté cuando el autobús se detuvo y los sonidos cambiaron de pronto. Las puertas se abrieron y entró el bullicio de afuera que se mezcló con la vocería apagada de los encapuchados. Estábamos en pleno centro de Altavista, en la Av. Las Américas. Allí, también, era el centro de todo. Varios encapuchado arremolinándose por ahí y por allá. Algunas tanquetas de la Guardia Nacional en paciente espera, como aletargadas. Desde los edificios, conjuntos residenciales, se veía a la gente lanzando bombas molotov. Mis hijos, mi mujer, dos países que ahora rondaban en mi cabeza. Nunca antes había salido del país. En la Siderúrgica, muchos compañeros tuvieron la oportunidad de viajar al exterior, de hacer postgrados y doctorados en universidades lejanas. Mi mujer fue una de ellas. Había ido a San Francisco para estudiar inglés, aprovechando el apartamento de una amiga que se había ido años atrás buscando ese sueño americano que tanto había escuchado y visto en películas. Fue tan intensa aquella idea que creyó que algo que llevaba la palabra sueño por delante era tan real como este café que estamos tomando ahora. Y se fue. Y descubrió que no había ningún sueño americano, pero igual se quedó, se casó y obtuvo su ciudadanía. Mi mujer me contó que su amiga vivía en un pequeño apartamento de una zona popular, que ya se había divorciado y vivieron las dos juntas por algo más de un año. Me cuenta que fue un tiempo de ensueño. Para mi mujer, eso fue el sueño americano, algo que vivió sabiendo que se despertaría en cualquier momento, una vuelta a la realidad. Imagino que de eso se trata. ¿Cuál sería mi sueño americano? ¿Esta vida que he llevado en mi país, en esta ciudad? ¿Aquel día de miedo y muerte? ¿La oferta de trabajo en otro país? Aún no lo sé.

En todo caso, los encapuchados se encargaron de tornar cualquier sueño en pesadilla. Nos bajaron del transporte a trancazos y luego, como si de algo cotidiano se tratara, incendiaron el autobús. Me di cuenta de su clara intensión: crear una barrera de fuego en la avenida para separar las tanquetas de la Guardia y el epicentro de la protesta. Porque todo resultó ser una protesta. Por toda la avenida observé graffitis con la palabra libertad. Otra palabra que cobró otro significado ese día. Pensé en Sánchez. ¿Habrá muerto por la libertad?.

Las llamas fueron comiéndose la entrañas del autobús. El humo negro emborronaba aquel cielo brillante, caluroso y espléndido a pesar de todo. Mis compañeros de trabajo y yo, quedamos idiotizados por aquella lumbre gigantesca, ignorando lo que ocurría a nuestro alrededor. Cuando volví de aquel leve trance, ese alrededor era de miedo, ya creo que te comenté lo significativo de esa palabra ese día. Pero instantes antes, estaba absorto mirando el autobús en llamas, pensando en las palabras que comenzaron a resonar ese día con más intensidad, que cobraron nuevos sentidos y significados, se transmutaron y transfiguraron y, siguiendo con aquel prefijo, transgredieron ciertas concepciones, algunas verdades que consideraba verdad. Hasta ese día, ya ves.

Después nada. Los encapuchados se olvidaron de nosotros. Hasta de Sánchez, que entre algunos lo sacamos del vehículo antes que la bomba molotov estallara y prendiera la mañana y la protesta. No regresé a casa inmediatamente. Nos quedamos con los familiares del compañero muerto, ayudando en lo que podíamos para el entierro. Mi familia me encontró en este estado dubitativo del cuál aún no salgo. Aquí tengo el contrato de la oferta laboral en Toronto, Ramírez me ha estado llamando todos los días, dándome ánimos para que regrese a trabajar. Mis hijos me miran expectantes, esperando la decisión que debo tomar. Mi mujer intenta comprensión y consuelo. Esas amanecidas de bala parecieran presagios, como advertencias de algo incomprensible o que al menos aún no atino en descubrir, una mala manera en que la vida te manda esos mensajes que tuercen caminos.

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