Las calles lucen diferentes. Sin tanto plástico, sin tanta basura. Los perros callejeros vuelven adueñarse de ellas. El silencio lo abarca todo. Los gatos de la familia duermen más de 15 horas diarias. Los buses, ausentes, no transportan el corona, ni a la gente.

 

Ya han pasado como dos semanas desde el inicio de esta cuarentena ecuatoriana. No me ha afectado mucho. Ya vivía aislado disfrutando de mi propia compañía. El virus sigue rondando en el país, alimentando unas estadísticas exponenciales que aterran. Ecuador resultó ser el el segundo país de Latinoamérica con más infectados, después de Brasil, un país gigante con más de 200 millones de habitantes, contra los 17 que tiene el país del ombligo del mundo. Pero lo que uno vive no se puede ver reflejado en los datos. El temor al contacto con el vecino, el temor de cruzar las puertas de tu casa hacia afuera, un afuera que se convierte en un virtual campo de batalla donde uno se siente más vulnerable. Cierta histeria, cierta paranoia te infectan de manera más cruel que el propio corona. El aburrimiento, la pereza, la preocupación por el dinero, por el trabajo, por la familia, por el arriendo y servicios, por la comida, acompañan a esa histeria y paranoia, los verdaderos males de esta pandemia.

Las calles lucen diferentes. Sin tanto plástico, sin tanta basura. Los perros callejeros vuelven adueñarse de ellas. El silencio lo abarca todo. Los gatos de la familia duermen más de 15 horas diarias. Los buses, ausentes, no transportan el corona, ni a la gente. Gente que vivía del día a día que ahora, así lo sentirán, viven solo un día repetido incesantemente junto con sus angustias. El reloj marca más de las 9 cada mañana al despertar, aún cuando intentamos cumplir con eso de que “al que madruga, Dios lo ayuda”. Me pregunto si aún así Dios nos ayudará.

Las redes se convierten en nuestro vínculo social más fuerte. Unos dirán que ya lo eran. En cada red social se observa muchas veces lo mejor y lo peor de nosotros, mucha hipocresía y uno que otro desinteresado haciendo sencillamente el bien. O eso creerán. El teléfono, la computadora, la tablet, junto con la web, se convierten en nuestro más preciado valor. Sin aquéllos, no somos nadie, no existimos. Y aquéllas, muestran reseñas de este distanciamiento social, muestran videos de quienes presumen de debatible creatividad, retratos propios o selfies de gente encerradas en si mismas, videos-bullying de venezolanos a quienes publican videos-bullying contra los venezolanos, gente que muere en las calles ecuatorianas, cuerpos que son quemados en las calles ecuatorianas, gente que fantasea con volver al trabajo para poder comer, buques de guerra rondando las costas venezolanas… Uno se pregunta que se habrá hecho la anciana indígena que se sentaba en la esquina a vender no muchas frutas y verduras durante todo el día. Uno se pregunta cómo estará la familia, donde quiera que esté. Uno se pregunta si los abrazos volverán algún día.

 

Imagen de Engin_Akyurt en Pixabay
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