De bares y de putas

 

Cada esquina es un bar, o un garito, o un burdel
Miguel Otero Silva

I

Aquel día subí al autobús con el sol fundiéndose en el humo de la industria, tiñendo de sangre el horizonte. El autobús desbaratándose lento, con una gran C en el parabrisas, Almacaroní en rojo debajo de la letra, rugía forzado en su recorrido hacia Alta Vista, donde debía bajar y tomar otro para cruzar el puente, cada vez son menos los que te llevan directo. Pensé en ti durante todo el trayecto. Los recuerdos aparecieron mientras miraba la carrera de casas en la ventana del autobús, enfiladas, como tiras de película y mi rostro reflejado tras la mugre del vidrio como mal retrato.

En la cumbre de Alta Vista, ya mis recuerdos rozaban ese forcejeo que terminó en el primer beso que nos dimos, absorbiéndonos desesperados, respirando un vapor de aliento espeso, como si un beso tuyo y un beso mío necesitáramos para subsistir. La mirada de un bebé en los brazos de la señora sentada junto a mí, parecía escudriñar mis pensamientos, la del conductor se difuminaba en el retrovisor. Viré el rostro hacia un lado: poca gente sentada, puestos vacíos, espaldares rotos como heridas infectadas; el rechinar de metales, el crujir de viejas soldaduras, el bailoteo del viejo armatoste. Mientras, el motor se quejaba por las frecuentes paradas y arranques. En el cruce con la avenida Paseo Caroní, ese beso se extinguiría por un nuevo ajetreo, el de carros que no conocen del tránsito congestionado ni mucho menos de luces de semáforos, el de niños y su eterna venta de periódicos que al menos dan cuenta de la luz roja y el de centros comerciales apabullados entre sí.

Pero antes, el autobús transitó por la urbanización, viniendo y volviendo, una y otra vez; y la universidad volvía contigo, a nuestras charlas sin sentido, sin importancia, que consumían las horas y el tiempo no dejaba de ir y venir, como tú, como el autobús que se detenía y arrancaba, mecía a los pasajeros en sus puestos, aún no había gente parada; y en clases, escribíamos en papelitos que luego se perdían como huellas sobre arena y continuábamos en casa por teléfono, las horas pasaban, engordaban las cuentas de la cantevé, hasta que las arrecheras de nuestros padres hacían que colgáramos y dejáramos para otro día la continuación de la conversa interrumpida.

Muchas veces te esperé en los pasillos, jardines o salones a los que solías ir, sabía de memoria tus rutinas, tus idas y venidas con tus amigas, te observaba por alguna rendija de ventana, puerta o reja mientras que jugabas a ignorarme y seguías leyendo algún libro de bolsillo o riendo con tus amigas. Me obsesionaba verte, estar a tu lado, sentir tu respiración cerca de mí, quería convertirme en todo lo que te rodeaba, en tus libros para encontrarme con tus ojos, o en banco para apretarme a tus nalgas; o en agua para humedecer tus labios y estrellarme con ellos en un beso mortal. Pero lograbas escaparte de mí, jugando al juego que tú sabes y yo sé pero que los dos no sabemos.

El autobús recibía a la última persona. La gente rebosaba: algunos infelices tomados de la puerta endeble, otros recostando sus miembros a otros más, mezclando respiraciones y fluidos. El aire comenzaba a espesar, los sonidos se volvían algarabías y el recuerdo se volvió en aquel forcejeo. Tú me tomabas fuertemente de los hombros y yo empujándote a un lado, intentando dominarte. El bebé del autobús lloraba, quizás por la espeluznante visión de una vieja asida a la baranda del techo, alimentando repugnancias en unos y glorias en otros aquella axila borrascosa. En la tuya, unos vellos comenzaban a juguetear fuera de las minúsculas mangas de tu camisa, yo las sentí, en un movimiento que pensé podría tumbarte; pero eras fuerte y más bien, fuiste tú quien me dejó en el piso aunque dejaste que me levantara y volviéramos a nuestra íntima lucha. Subía ya por la loma de la ciudad. Al cruzar el puente, la vista hacia aquélla sería hermosa, deslumbrante y, a veces, pretenciosa. Como tú.

Ese primer beso no tardaría en darse, seguíamos en nuestra lucha sin sentido, tomándonos, empujándonos, cayéndonos y levantándonos, una y otra vez. Hasta que me diste ese puñetazo que ensangrentó mis labios. Cruzaba la inmensa avenida y el aire comenzaba a ventilar las fauces del autobús, la brisa se colaba por las innumerables hendijas y acariciaba mis cabellos; como tus dedos cuando, finalmente, te dominé y quedaste atrapada entre la pared y yo, jugando a los magos o a los fantasmas para fundirnos en el concreto o traspasarlo, convertirnos en aire mientras que la pared se negaba a engullirnos como realmente queríamos. Te besé y no te quedó otra que besarme. Querías seguir con el juego de la lucha, porque seguías empujando y arañando suavemente, tus dedos halaban mis cabellos, o se cerraban en puño y me golpeaban, o empujaban mis hombros hacia atrás. Pero yo no quería seguir con la lucha, mis labios querían juguetear con los tuyos y no hacías más que aparentar que no querías. Suspiré justo cuando el autobús se detuvo en mi parada. El chofer no se dio cuenta que faltaron cien bolívares en mi pasaje.

II

Casi este mismo recorrido lo haría mi padre en su momento. Por el mismo puente él cruzaría para llegar a la Siderúrgica cuando ésta, junto con otras, comenzaban a parir Puerto Ordaz. Aquella parte del río era sólo monte, me resumía; la gran empresa nacía rodeada de una ruralidad dispareja, paradójica en todo caso. San Félix, al otro lado del río, cobijó a mi padre durante un tiempo y yo, como cosas del destino, buscaba cobijarme en ella: salir de este lado sin sentido, sin cuerpo y sin alma. Allá, al cruzar el puente, todo adquiere luz y su calor remienda el corazón envenenado por basuras más basura que la que expulsan las empresas.
Muchas veces discutíamos sobre nuestras ciudades en esas largas charlas, aún cuando sabíamos que Ciudad Guayana es una sola. Así te decía, casi en susurro, tan cerca de ti que todo se volvía grande y se mezclaban las imágenes, como aquel cíclope de Cortázar, autor que (nunca me interesó qué libros) siempre releías con pasión; y reías no sé por qué, como tampoco sabía por qué nuestras conversas terminaban en forcejeo y luego, en beso. Para mí, besarte significaba interpretar ese tedioso teatro donde los telones suben y bajan desesperados, como una arritmia imposible que forzaba a aquellos besos desenfrenados, torpes y dolorosos que no llegaban a nada más que a despedidas furtivas, de huidas, de auxilios, de correr hasta salir de allí, dejando mi corazón embotado y dolorosa la entrepierna.

El río Caroní parecía un manto sedoso, en aparente arrullo con la ciudad que separa y divide. Antes, el río mantenía alejada a la ciudad del barullo de las empresas que comenzaban a violentar la tierra y el río Orinoco. Los trabajadores surcaban aquellos montes de antaño para ir y venir, tan sólo algunos campamentos se esparcían alrededor de aquella larga espesura verde y pálida. Yo surco otro monte, de concreto y hormigón, de cielos enfermos y gente malsana. Esto último lo escuché de ti. Siempre me criticabas por ser de este lado de la ciudad mientras yo te desnudaba con la mirada y me hacía el que escuchaba. Luego el forcejo, luego el beso, luego la huida. Nuestro teatro sin fin. Decías que yo tenía algún tipo de problema, pero me seguías restregando tus pieles y olores que me arrebataban el pudor y subía el telón y bajaba y subía… No tenía remedio, decías al fin.

Ciudad Guayana tampoco tenía remedio, me decía mi padre de vez en cuando. Puerto Ordaz crecía desordenadamente siendo una de las mejor planificadas del país. Ignoran que nuestros pueblos y ciudades no los paren las empresas, me decía. Tampoco las petroleras, ahí está Oficina N. 1, léete esa vaina, y mi padre me señalaba el librito de Miguel Otero Silva, una edición para estudiantes que utilicé en la secundaria; sí, lo leí en el liceo, papá; mentí, no lo pude terminar, mis compañeros tuvieron que contarme la historia para la evaluación. Y continuaba su conversa, todos nuestros pueblos, antes de ser pueblos, de tener iglesias y escuelas, antes de ser tan siquiera un pobre caserío, tenían sus bares y tenían sus putas, carajo; se reía ante tal comentario sin contexto, sorbía de su vaso güisquisero, como lo llamaba, y terminaba con aliento tristón, coño, Puerto Ordaz no tuvo sus putas; y nos reíamos los dos. Siempre pensé que mi padre, en su juventud, no tuvo la oportunidad de revolcarse con esas ponzoñosas del placer y sanearlo del distanciamiento con mi madre cuando salió de Oriente para trabajar en la Siderúrgica. Mas ahora, reflexionando en este abismo de tiempo volando en el autobús por encima del río Caroní, pienso que aquel aliento tristón de mi padre era mucho más profundo que lo que en aquel momento identifiqué como un arrepentimiento juvenil. Puerto Ordaz se convirtió en un desastre. Y lo terminará siendo. Por eso, quizás, tú me criticabas y, por eso, quizás, yo constantemente cruzo el puente. San Félix sí tuvo sus putas.

III

Cruzado el puente, el autobús daba sus acostumbradas vueltas en San Félix. Bajaría en El Roble y caminaría por una callejuela desconocida, al menos para mí, que nunca pude aprenderme los nombres de estas calles, sólo sabía las referencias que me daba, sigues derecho hasta llegar al bar tal, cruza a la izquierda y luego de dos cuadras cruzas a la derecha (debe haber una peluquería en alguna de las cuatro esquinas); así, sigues hasta encontrar la única casa que tiene un tanque de agua en esa cuadra, esa es mi casa. La casa de ella, una negrita que me deja amarla desaforado y ella a mí sin prejuicios. Con ella no hay teatros, ni forcejeos, ni besos dolorosos y torpes, ni huidas, ni auxilios; sólo un brinco a la cama, frotarme exquisito entre tetas, axilas y nalgas, un roce desesperado de manos y sexos, y penetrarla por las aberturas que tiene su cuerpo ofertado. Y lo mejor de todo, me fía.

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